Una Historia de Fuego, Mar y Espadas I

el

Capítulo I

A padre siempre le fascinó el mar, el mar era su vida, era todo para

él. Lo rodeaba de día y noche y le brindaba el pescado que tanto le

gustaba. Al regresar de sus viajes siempre me contaba las historias

que otros marineros le contaban. Historias sobre monstruos, bestias

y seres desconocidos que se encontraban en las profundidades del

océano de Vlasihn. Pero el verdadero peligro son los perversos y

viles piratas que navegan en el mar de Yorgaad. Padre navegaba en

el mar de Yorgaad, y aquello me atemorizaba día y noche esperando

a que padre regresara de sus viajes. Lastimosamente nunca regresó.

Durante años he llevado contando los días y noches que padre ha

tardado en ir y regresar de las diferentes ciudades que se encuentran

al este. Ciudades que siempre he querido ver con mis propios ojos,

así como padre lo hizo cuando su padre lo llevó por primera vez

junto a su tripulación hacia los reinos de Daggasar o Valzeiros.

Recuerdo cuando una noche en la taberna de Mosys, el cervecero,

padre me expresó sus deseos de llevarme junto a él a conocer los

lugares más lejanos a los que ha ido, las tierras más allá del norte y

las aguas desconocidas en las que solo los más valientes pueden

navegar. Pero nunca regresó.

— ¿Hace cuánto desapareció su padre? —Preguntó aquel hombre

con barbas gruesas de color plata, ojos plata y una armadura

reluciente, también de color plata. Que aquel señor tuviera el cabello

color plateado, no significa que sea viejo. El color plata o gris es

algo característico en los hombres y mujeres en los reinos de

Forladrion. Además se pueden encontrar personas con el cabello de

color negro, blanco o marrón. Algunas personas tienen los ojos

totalmente negros, grises o marrón—.

—Hace más de un año su majestad —dijo el joven después de haber

volteado a mirar hacia atrás suyo, donde había una larga fila de

aldeanos que esperaban poder hablar con el rey y presentarle sus

quejas y peticiones, muchos de ellos se veían cansados, otros

disgustados, probablemente porque ya llevaban ahí mucho tiempo.

Volvió la mirada de regreso al frente, al rey que seguía sentado en el

trono meditando sobre lo que le había dicho—.

—¿Y por qué vienes ante mí a contarme lo sucedido a tu padre

como si de una buena historia se tratara? —dijo el rey Throndyr

dándose una palmada en la pierna y sonriéndole de forma burlona al

preocupado muchacho—.

—Su majestad, —dijo el chico casi cayendo en llanto— mi padre

era un gran comerciante, él era uno de los mejores comerciantes y

navegantes de la ciudad de Valassea, y yo siempre lo he admirado

por eso. Me parece que es de gran importancia que al menos usted

reconozca que él fue una pieza fundamental en el comercio del

reino. Por eso vine ante usted señor, vine esperando que usted pueda

comprender las necesidades que mi familia sufre desde que padre

desapareció, el mantenía a la familia, al hogar, y ahora que no está

nos encontramos sumidos en la pobreza y la hambruna, sin

protección ni mucho menos tranquilidad. Por ello le ruego frente a

toda esta gente, y me arrodillo, porque nos brinde alimento y plata

hasta que pueda hacer algo por mi familia.

—Joven… ¿cuál es su nombre? —dijo Throndyr levantándose de su

trono y acercándose lentamente al muchacho—.

—Me llamo Ryghoras Faragor, hijo de mi padre Eldrus Faragor y de

mi madre Syrana Arissa—dijo Ryghoras mirando firmemente a

Throndyr, quien se acercaba lentamente hacia él, bajando escalón

por escalón—.

—Joven Ryghoras, su padre fue un gran hombre, por lo que usted

me ha dicho, y veo que usted también será igual que el cuándo sea

mayor. Haré que le otorguen a usted y a su familia lo necesario hasta

que usted decida que hará para beneficiar al reino y para poder

mantener a su familia como su padre lo venía haciendo. Espero

volver a verlo algún día Ryghoras, y espero que ese día, usted sea el

que venga a mí para agradecerme por lo que he hecho por usted, y si

los dioses quieren, para informarme que su padre ha regresado. Siga

su camino joven Ryghoras—. Al oír esto, Ryghoras se levantó del

suelo y agradeció por la generosidad del rey, quien llamó a un noble

para que trajera una bolsa con monedas de plata, se la entregó a

Ryghoras, y regreso a su trono. Ryghoras se dio la vuelta y salió por

las entradas del castillo. Mientras salía, los aldeanos en la fila lo

miraban extrañados, pues este se veía alegre, con las lágrimas en las

mejillas y los ojos un poco rojos de felicidad, pero alegre, pues este

tuvo la suerte de haber recibido la aprobación del rey Throndyr.

Muchos de ellos le pedían ayuda y él desaprobaba la petición, o

porque no era válida, o porque no tenía justificación alguna, o

simplemente porque el rey estaría de mal humor y no le daría la

gana de hacerlo. El trabajo de un rey puede tener el mayor de los

lujos, pero también viene siendo un trabajo muy duro y estresante, o

eso pensaba Ryghoras yendo camino hacia su hogar.

Después de un tiempo, decidió cambiar de camino, y tomó una calle

que lo llevaba a la plaza de mercaderes. Era un camino muy largo

dentro de la ciudad, y peor que eso, muy peligroso. Y para empeorar

las cosas, tenía consigo algo valioso, una bolsa con monedas de

plata. Temiendo que alguien lo haya seguido desde el palacio, se

tomó la precaución de esconder muy bien la bolsa dentro de su ropa,

asegurándose que nadie se diera cuenta. Ya llegando a su destino, se

le acercan por detrás unos hombres que no conocía, lo agarraron por

el hombro y lo empujaron hacia atrás.

Uno de los hombres se le acercó con una daga en la mano izquierda

— ¿Oye niño, que traes contigo, que tienes escondido? — Ryghoras

se asustó, los otros hombres lo rodearon y empezaron a reírse de

forma burlona. — ¿Sabes? Haces la misma cara de imbécil que tu

padre, la diferencia es que tú eres menos gallina. Ese hombre no

podía con nada, soltaba lo que llevaba y corría. Aunque cobarde, era

inteligente, y tu deberías hacer lo mismo, niño. Corre y danos la

plata.

— ¿Cuál plata? — Dijo Ryghoras mirando a cada hombre que lo

rodeaba, pero miraba más al que tenía el ojo raro, ese le daba más

miedo. Era un ojo totalmente blanco, y no se movía, un ojo ciego. El

hombre con la daga miró hacia un lado, se rasco la nariz, y volvió a

ver al que tiene el ojo raro.

— ¡Danos la plata o te entierro esta daga en tus ojos! ¡Le hubiera

hecho eso a tu padre también, pero el muy cobarde intento

golpearme, y lo hizo, lo atrapamos y lo torturamos! Por algo así un

hombre no debía sufrir y quedar ciego para toda su vida. Un hombre

debía sufrir hasta morir, con sus ojos intactos, para ver quien le

hacía daño, y para ver que le hacían. ¡Y cuando los dioses

decidieron que Eldrus el cobarde debía morir, lo dejaron morir! ¿Te

gustaría saber cuáles fueron sus últimas palabras? —. Ryghoras no

sabía qué hacer, se sentía destruido al saber que aquel hombre mató

a su padre. Miro alrededor, se arrodilló en el piso para llorar, pero

sabía que si lo hacía, no lograría escapar. Tomó fuerzas de donde no

existían, volteo hacia donde el hombre con el ojo ciego estaba, y

aprovechando que este giró, se levantó, lo empujó y corrió lo más

rápido que pudo.

Estaba cerca de donde debía llegar, a la taberna de Mosys. Desde

que Eldrus desapareció, Mosys siempre estuvo pendiente de su

familia, y mucho más de su madre, lo cual generaba en Ryghoras un

sentimiento de agradecimiento, pero también de celos. Él siempre

tuvo las esperanzas de que su madre esperaría a su padre, y más que

eso, que el regresaría. Pero nunca regresará. A lo lejos visualizó la

taberna de Mosys, mujeres y hombres entraban, esto le brindó una

mayor seguridad. Pero no quería voltear, no quería ver a los

hombres que lo perseguían para robarle, matarlo, insultar a su padre

y burlar su muerte. Mientras se acercaba a la taberna se sentía vivo,

pero a la vez, muerto. Por dentro, un vacío acababa con toda la

felicidad que llevaba por haber recibido tanta plata para su familia.

Si su padre realmente sufrió antes de morir, él no quería saberlo, y

mucho menos de qué forma y quién lo hizo. Ahora estaba más débil

que antes, y la cabeza de la familia debe ser fuerte para mantenerla.

Llegó a la entrada de la taberna, ya no podía más, estaba cansado,

abrió la puerta, miro rápidamente buscando a Mosys, pero de un

momento a otro, se desmayó.

© 2016 Gustavo Gómez María. Todos los derechos reservados

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